Garnachas de Soledad, el alma de la estación

Inés Tabal G.

Soledad de Doblado, Ver. – El sonido del silbato del tren y sus ruedas que rosan los rieles anuncian la llegada a La Estación de Soledad de Doblado, cuna de las mejores garnachas de la región.

Entre los años 1872 y 1873 fue inaugurada la ruta del Ferrocarril Mexicano y junto con ella la estación del tren, que años más tarde sería testigo del nacimiento de las Garnacheras Choleñas.

Un camino empedrado dirige a aquel lugar que guarda tradición e historia, donde una docena de mujeres choleñas se reúnen desde temprano para brindar a los comensales sus mejores garnachas.

El olor a cebolla, ajo, tomate, chile guajillo, serrano y carne que emana de los recipientes donde están acomodadas las garnachas, atrae a los clientes quienes se desvían del camino para probar este suculento manjar.

Entre la gran variedad de comida, se encuentran las goriditas de papa con salsa verde o roja, “los cartuchos” (huevos hervidos), la garnacha de frijol y la clásica o de chipotle, ésta última  una de las más solicitadas por los clientes.

Aquí las garnachas más asediadas por los turistas y lugareños son las de las hermanas Palafox, cuya tradición y sazón trascendió a cuatro generaciones inmortalizadas en un mural que representa a los personajes más emblemáticos de Soledad de Doblado, un municipio cercano al puerto de Veracruz.

Rosa María, una de las hermanas, aún recuerda con nostalgia el tiempo de apogeo de la estación; ella empezó a trabajar a los ocho años vendiendo las garnachas que preparaba su abuela y madre.

“Antes estaba más bonito, porque llegaba el tren y se vendía de todo, en la mañana era uno y en la tarde otro”, agrega Rosa mientras sonríe por aquellos años de gloria que se fueron junto con el tren.

El puente de La Soledad, con una longitud de 228 metros, fue el mayor de la ruta de la línea México-Veracruz. El acontecimiento impulsó la vida económica y social de Soledad.

Pero hace más de 30 años que el tren de pasajeros dejó de hacer paradas en la estación choleña, pero a resistencia de las vendedoras hizo que la tradición de las garnachas siguiera, pues- dice Rosa- “nosotras somos el alma de la estación”.

El negocio es cien por ciento familiar, participaron las abuelas, hijas, hermanas y ahora las sobrinas, cada una de ellas aportando su trabajo y toque personal.

Rosa comenta que, cada hermana contribuye con un quehacer en específico ya que ella se encarga de preparar los frijoles, las cuales  -dice- “son mi vida”;  otra de sus hermanas la mayor Juana, se ocupa de lo administrativo.

Mientras que la menor fue la que heredo la sazón de la abuela y la madre, es por eso que ella prepara la salsa con las que cubrirán las tortillas de maíz y la cual le dará ese toque que las hace inconfundibles al paladar de los clientes.

Para ellas, el platillo es más que un negocio, es su vida ya que a través de ese oficio se quedarán impregnadas en la memoria de varias generaciones que al diario acuden a desayunar o cenar con ellas.

“Yo siempre vivo agradecida porque desde que yo tengo uso de razón la gente siempre nos ha buscado, incluso han pasado personas que las conocimos chiquitas y ya vienen con sus hijos ya grandes”, comenta con alegría Juana.

Cada garnacha y gordita lleva impregnado el cariño de cuatro generaciones que se niegan a extinguirse, pese a los cambios en el mercado y en la sociedad.

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