A principios de 2020, uno de cada diez niños de 5 años de edad o más estaban en situación de trabajo infantil en todo el mundo – lo que equivale a aproximadamente 160 millones de niños, o a 63 millones de niñas y 97 millones de niños.
El 12 de junio se celebrará el Día Mundial Contra el Trabajo Infantil, pero a pesar de los considerables progresos realizados para tratar de abatirlo en los dos últimos decenios, los datos más recientes revelan que, a nivel mundial, la lucha contra ‘esa plaga’ como lo llama el Papa Francisco se ha estancado desde 2016 (OIT y UNICEF 2021).

Las estimaciones mundiales muestran un progreso desigual entre las regiones en los últimos 20 años; así pues, las regiones de Asia y el Pacífico y de América Latina y el Caribe registran una reducción general constante del trabajo infantil, mientras que en África Subsahariana se ha observado un incremento desde 2012.
Aunque existen variaciones significativas entre los países de cada región, en la actualidad hay más niños en situación de trabajo infantil en África Subsahariana que en el resto del mundo.
Los datos disponibles por grupo de edad muestran que los más afectados son los niños de 5 a 11 años de edad, para los que las tasas de trabajo infantil han aumentado, mientras que para los niños de 12 años o más se ha registrado una disminución constante.

La situación de las niñas es mejor que la de los niños, para quienes la reducción del trabajo infantil ha disminuido más lentamente a lo largo del tiempo, e incluso se ha invertido para mostrar un aumento general en los últimos años (OIT y UNICEF 2021).
Las tendencias indicadas anteriormente menoscaban los derechos de los niños, y tienen efectos perjudiciales en su bienestar y desarrollo, así como en los esfuerzos realizados a través de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) y otros mecanismos encaminados a eliminar el trabajo infantil.
Más aún, estas tendencias se observaron antes del inicio de la crisis de COVID-19, que ha expuesto a millones de niños más al riesgo del trabajo infantil. Se estima que, si no se llevan a cabo estrategias de mitigación, el número de niños en situación de trabajo infantil podría aumentar en 8,9 millones a finales de 2022, debido al aumento de la pobreza y de la vulnerabilidad (OIT y UNICEF 2021).
Se necesitan sistemas de protección social sólidos para reducir y eliminar el trabajo infantil

Bajo el lema ‘Protección social universal para poner fin al trabajo infantil’. En esta oportunidad, la OIT junto con sus mandantes y socios hacen un llamamiento para que se invierta más en los sistemas y planes de protección social, a fin de establecer pisos de protección social sólidos y proteger a los niños contra el trabajo infantil.
La protección social es tanto un derecho humano como una potente herramienta política para evitar que las familias recurran al trabajo infantil en tiempos de crisis.
Sin embargo, en 2020 y antes de la crisis de COVID-19, únicamente el 46,9 por ciento de la población mundial se beneficiaba de forma efectiva de al menos una prestación de protección social. En el caso de los niños, la cobertura es aún más baja. Casi tres cuartas partes de los niños, 1.500 millones, carecen de protección social.

Cabe destacar que, en lo que respecta a las preocupaciones relativas al trabajo infantil a escala mundial, la gran mayoría de los niños menores de 15 años – el 73,6 por ciento o 1.500 millones de niños en total – no reciben prestaciones económicas por hijo o familia (OIT 2021d).
En muchos casos, los programas no están diseñados con el objetivo de beneficiar directamente a los niños o de abordar específicamente el riesgo de trabajo infantil.

Asimismo, en los casos en que existen otras prestaciones, a menudo no son suficientes, adecuadas, ni integrales, y no tienen debidamente en cuenta las necesidades de los niños y, en muchos casos, la calidad de los servicios dista mucho de ser satisfactoria.
Las características de las políticas de protección social son importantes
Si bien la protección social puede ser una herramienta poderosa para luchar contra el trabajo infantil, no está garantizado que reduzca el trabajo infantil en todos los casos. Por ejemplo, el acceso a prestaciones en efectivo puede reducir la demanda de trabajo infantil y aumentar la inversión de los hogares en la educación de los niños; sin embargo, al mismo tiempo, dichas transferencias pueden conducir a que los hogares inviertan en activos productivos, tales como el ganado o insumos agrícolas, que pueden aumentar la demanda de trabajo infantil.

A través de la expansión de las actividades económicas de los hogares, los niños pueden verse arrastrados hacia el trabajo infantil, algunas veces en condiciones peligrosas, en particular si los hogares no pueden costear el acceso a tecnologías que permiten ahorrar mano de obra o no pueden contratar a trabajadores adultos.
Foto: Pixabay



































