Fernando Botero, el más reconocido pintor y escultor colombiano de la historia, famoso en todo el mundo por sus figuras rotundas y voluminosas, ha fallecido a los 91 años. El célebre pintor, escultor y dibujante murió en su casa en el principado de Mónaco, donde se recuperaba después de haber sufrido recientemente una neumonía.
Botero nació el 19 de abril de 1932 en Medellín, la segunda ciudad de Colombia.
Su padre, David, era un comerciante venido del campo que murió a los 40 años. Su madre, Flora Angulo, murió en 1972.
Diferentes biografías del artista han reportado que, si bien no fue criado en una familia creyente, su primer contacto con el arte fue a través de la religión, faceta clave en la sociedad antioqueña de entonces.

De orígenes muy humildes, a los 12 años, Botero ingresó a una escuela para toreros en Medellín, una enseñanza que marcó su vida y parte de su obra. De hecho, la primera obra que vendió a los 16 años en un mercado antioqueño, tiene una estética influenciada por la tauromaquia.
Según relató el artista, de adolescente fue expulsado de la secundaria por un artículo que escribió elogiando a Pablo Picasso y por sus dibujos, que según los sacerdotes de la escuela eran pornográficos.
Botero comenzó como ilustrador del periódico El Colombiano a finales de los años cuarenta, y con el sueldo financió el fin de su bachillerato y los primeros viajes que lo llevaron a Europa y Estados Unidos.
Muy temprano se reconoció como heredero de Piero della Francesca, y la génesis de su estilo inconfundible llegó a los 25 años, con el boceto de una mandolina que insinuaba su sentido de la monumentalidad.

Las obras de Botero, que han sido subastadas por hasta US$2 millones, dieron la vuelta al mundo: sus cuadros, destacados por personajes de grandes volúmenes.
Considerado desde hace mucho como uno de los mejores artistas vivos, la fama y popularidad que había adquirido con sus pinturas de colores luminosos se acrecentó en los noventa cuando sus enormes esculturas de bronce comenzaron a ser exhibidas en las principales capitales del mundo.
Su estética es tan particular que es parte del imaginario colectivo más allá del mundo del arte.
Crítico del nacionalismo
En los años 50, Botero llegó a Bogotá y se empezó a juntar con los artistas vanguardistas de la época, dados al indigenismo y el nacionalismo.
Hizo dos exposiciones, un mural importante se ganó un premio y así logró recursos para trasladarse a Madrid y luego a París.

A finales de la década del 50, Botero volvió a Colombia y se casó con Gloria Zea, una reconocida gestora cultural y coleccionista con quien se fue a vivir a México.
Desde allí, desarrolló una lectura crítica del arte nacionalista que proponían los muralistas mexicanos, así como del arte moderno que se impartía en Europa.
Y empezó a consolidar lo que sería la línea que lo daría a conocer por el mundo, marcada por las naturalezas muertas y los volúmenes expandidos con colores muy vivos.

Su hija Lina lo definía así: “Es la historia inspiradora de una persona que empezó de la nada y que lo único que tenía claro era su vocación artística, su capacidad de trabajo, su pasión por lo que estaba haciendo. Todo eso le permitió salir adelante y nadar muchas veces contra las corrientes predominantes en el mundo del arte”.
Con información de Agencias
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