¿Por qué debemos decir no a la continuidad de la reforma fiscal?

Hoy hablaremos de uno de los temas más importantes que ha surgido a raíz del cambio de dirección que ha tomado el ejecutivo federal en nuestro país, pero que, para sorpresa y desconfianza de muchos, no ha sido uno de los temas en que el afanado presidente electo haya incidido, o al menos, mencionado su interés o dirección programada, más allá de mencionar una supuesta amnistía fiscal de la que se desconocen detalles. Hablamos de la ya necesaria estrategia fiscal que ha de implantar el nuevo gobierno federal cuando comiencen sus funciones, y que habrá de regular la vía hacendaria de nuestro país durante al menos, los siguientes seis años.

Como muchos saben, uno de los más grandes cambios de la administración saliente es la reforma fiscal. Dolor de cabeza para muchos, recuerdo que el sistema que se va decía mucho, cumplía poco, y mentía más. Un ejemplo de esto es cuando nos avisaron con bombo, platillo y grandes sonrisas que gracias a esta reforma tan criticada ya nadie iba a querer ser contador, porque ya no sería necesario tener uno para poder hacer tu cálculo de impuestos. Años después, reforma tras reforma, parche tras parche en leyes, reglamentos y miscelánea, nos encontramos con la factura 3.33 a la que tan poco se le entiende, que aún los contadores profesionistas especializados en la aplicación de los dispositivos fiscales, tienen dificultades para aplicar su famoso catálogo, o muchas más para explicarlo a un lego que no tiene sus conocimientos técnicos, como sería cualquiera de sus clientes.

Por otra parte, recordemos otros de los puntos medulares que causaron más molestia con la reforma fiscal:

A pesar de su nuevo sistema, y de las extremas y abusivas facultades que le otorgaron al SAT, México sigue siendo el país en la última posición de los países del índice OCDE con menor recaudación en nuestro continente en relación a su PIB, estando en un aproximado de 10%. Quiero indicar a nuestro apreciado lector que, para que un país deje de ser considerado como subdesarrollado (O en vías de desarrollo como ahora se le menciona para que no duela tanto el hecho.), este debe recaudar un mínimo de 20-22% de su PIB, es decir, más del doble de lo que México recauda actualmente. Esta débil recaudación es mala porque la debida y regular recaudación de las contribuciones son la más sana y sostenible fuente de ingresos para un país, que si tiene buena recaudación, entonces tiene un  fuerte y más sostenido PIB, y con ello, obtiene un mayor crecimiento con control en las manos del propio estado que puede administrar dichos recursos, en vez de diseñar privatizaciones con el fin de poder vender bienes a la iniciativa privada no con el fin de construir conjuntamente un futuro, sino con la finalidad de que dicho financiamiento realice el trabajo que constitucionalmente toca al estado, privatizaciones cuyo destino final es poder invertir en los campos que requiere el país, cuando el propio país, nuestro México, por su tamaño, fuerza y desarrollo económico, debería poder sustentar por sí mismo sus inversiones en infraestructura, tomando la inversión privada solo como un apoyo adicional necesario que trabaja armónicamente y en conjunto con el estado.

Otro punto importante y fallido de la reforma fiscal es la eliminación del régimen de consolidación fiscal cuya efecto consistió en que las empresas ya no pueden realizar dicha consolidación para su cálculo de impuestos. Esto servía para diferir los pagos de impuestos en los casos en que las subsidiarias reportasen pérdidas. Con la reforma, este régimen no desapareció, sino que fue manoseado para solo permitírselo a empresas con 80% de participación, pero ello es también negativo para nuestra perspectiva global, puesto que muchos inversores extranjeros efectúan operaciones con confianza dentro de regímenes abiertos de consolidación, por lo que la faltad e este sistema, pude desalentar la inversión extranjera en nuestro país.

Y podríamos seguir hablando de muchos problemas más que esta reforma causó. Pero ese no es el punto de set artículo, y mencioné los puntos más problemáticos de estar reforma a fin de poder abordar mi tema principal:

¿Por qué AMLO no ha dicho nada acerca del sistema fiscal que va a emplear para nuestro país?

¿Por qué no han anunciado sustituciones de método, forma o disposiciones fiscales?

¿Por qué no han señalado qué partes de la reforma van a ser cambiadas, transformadas o eliminadas, no como una suposición, sino como un hecho con base en lo que se establezca como la nueva política hacendaria nacional?

¿Por qué no se ha reunido, sea el señor presidente electo, o alguno de los miembros de su gabinete, con el colegio de contadores público de México, A.C.; con el Instituto Mexicano de Contadores Públicos; a ANFECA; al IMAT o al FCE, o al IMAI?

El reunirse con estos distintos organismos sería una señal inequívoca de que el nuevo gobierno entrante reconoce y entiende la molestia de la población con varios de los factores que integraron la reforma hacendaria del gobierno federal saliente. Ello también sería una señal de que buscan alternativas a dicho modelo hacendario, y que están conscientes de que dicho sistema no funcionó en varios puntos, y dichos puntos no requieren un parche, sino ser removidos, y sustituidos por otros sistema de mayor valor.

Significaría que el nuevo gobierno federal conoce el enojo social hacia el SAT, y su viciada actitud, modos y manejos ya acendrados en un organismo cuya finalidad es recaudar a toda costa, sin importar ningún tipo de derecho que pueda ejercer el particular, y que dicho organismo, precisamente por tener una motivación ajena a derecho, aun cuando sea necesaria y vital para el país, debe ser arrancado de raíz y vuelto a comenzar desde cero, a fin de remover las prácticas ya manidas de arreglos, burocracia, dificultad administrativa en trámites y desde luego, la falta de apego a derecho en todas sus resoluciones administrativas en forma general.

El hecho de que el nuevo gobierno federal no mencione nada respecto al panorama hacendario que pretenden operar en nuestro país nos da una señal en el sentido de que consienten el sistema del gobierno que se va, y que no solo lo consienten, sino que lo apoyan y seguirán llevando adelante. Sin embargo, recuerdo que este artículo comenzó con la señalación de que, desde la época de la independencia, el mayor problema de México es su baja recaudación, y que esta nueva reforma, no logró ni siquiera mover el índice de dicha recaudación históricamente, la cual como adelanté, sigue en 10% del PIB. Por ende, continuar esta misma senda, implica tener la seguridad de recaudar a toda cosa, pero también cierra la puerta a que este gobierno entrante quiera, o pueda, por fin abatir el eterno cáncer de nuestra economía nacional: La baja recaudación por parte de autoridades que no buscan aumentar la base de contribuyentes por medio de otorgar verdaderos beneficios económicos y sociales a su población cautiva en el padrón de causantes, cuyo efecto sería alentar el pago de dicha contribuciones y genera con ello un círculo virtuoso cuyo ciclo solo puede traer beneficio en cualquier país.

En cambio, continuar con el sistema actual, como he dicho, consiste en consentirlo, abrazarlo, y abandonar la idea de que nuestro país puede aspirar a una igualdad tributaria y un mejor reflejo de lo recaudado en el nivel de vida y servicios proveídos por el estado, y a cambio deja claro que lo que se busca con dicha continuidad del sistema que no funcionó, es recaudar cueste lo que cueste, a  fin de poder seguir aparentando que se combate la crisis endémica y de fondo de nuestra economía nacional, mientras la deuda sigue y seguirá creciendo, porque ante una recaudación de 10% del PIB, no será posible para el país afrontar la infraestructura que necesita para continuar su modernización, y por ende, solo con préstamos, privatizaciones o por medio de la concesión total de servicios a la iniciativa privada, se podrá dar a la población lo benefactores socio-económicos que le corresponden.

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